lunes

Los caminos de la vida

Nuestra fe es como la de los gusanitos que hacen su casa por debajo de las hojas... Que no para de crecer...

¿Ustedes nunca han sentido que su vida no les pertenece? Como si en uno de esos momentos reflexivos que tuvieron debajo de la lluvia, se hubieran dado cuenta que su futuro está en un campo de futbol o en una banda de rock.

A mi si y les quiero comentar lo que pensé.

Escucho a Soda Stereo y veo Disney Channel en medio de un lunes que parece jueves o martes, pero no es lunes. Yo veo el clamor del viento y la fuerza de las gotas sobre las ventanas y me parece que es cualquier otro día, pero de ningún modo puede ser un inicio. Y sin embargo lo es, porque así de caprichoso es el calendario. De todos modos ahora debería haber jazz en el ambiente.

Hace tiempo, cuando salí de la escuela, me parecía que la vida sería distinta de lo que es ahora; claro, eran otros tiempo y era otra la circunstancia.

Quizá entonces la música era distinta, aunque no era mejor. Quizá entonces los protagonistas de mi historia eran diferentes, pero no mejores. Hoy la película de mi vida comienza a rodar casi como yo la quiero, aunque he tenido que dejar en el pasado cosas que entonces pensé que serían el futuro. No sé. Cosas como el aire y el pasto verde para cambiarlo por frío y paredes blancas. Hoy por fin siento la incertidumbre de no saber a dónde voy, pero, sin duda con la seguridad de que me muevo.

"Ladran Sancho, señal de que avanzamos"

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martes

La "Histería Colectiva"

Ya lo sé, ya lo sé. Sé que está usted harto, sufrido lector, de la gripe porcina. Entendámonos, espero que no sea de la infección viral de lo que esté usted harto, sino de la otra infección, la del frenesí paroxístico que se ha apoderado de los gobiernos y los medios. La granizada se ha vuelto insoportable. Unos y otros no saben hablar de otra cosa. Ha desaparecido la crisis económica, han desaparecido los narcos y los terroristas. Es como si el mundo se hubiera detenido.

Toma uno un periódico o prende el radio o la tele, a cualquier hora, y sólo escucha una cosa: “Lávese las manos”. Uno, disciplinado, va y se las lava. Regresa y le vuelven a decir: “Lávese las manos”. Y usted vuelve a ir. Recuerde que el Isodine es un magnífico desinfectante para las llagas que se le van a formar en las palmas y en los nudillos. Usted, sin embargo, resista y no deje de lavárselas, a menos que decida apagar chunches electrónicos y renunciar a mirar la prensa. Lea Madame Bovary, que no le va a levantar los ánimos, pero que al menos no lo mandará a lavarse las manos.

Los periodistas, hipócritas ellos, están felices. Tienen noticia. Aunque sea sólo una. Y los gobiernos también. Por fin pueden demostrar que son eficientes y que están harto preocupados por el bienestar de sus pueblos. Imponen una auténtica “dictadura sanitaria”, como la llama, con toda precisión y agudeza, Ciro Gómez Leyva. Leyes de excepción, como el aislamiento forzado de los “sospechosos” o el derecho de entrar sin orden judicial en casas y haciendas, con el beneplácito sumiso de todos. Total, es en beneficio de todos.

En México en particular, el Estado deja automáticamente de ser fallido. Su denuedo en contra de la catástrofe inminente sale a la luz pública y, por primera vez en muchos años, los cien millones de enfermos potenciales escuchan lo que dicen sus gobernantes, quienes demuestran que saben cerrar escuelas y cines (lo primero cae bien; lo segundo, no tanto) y que también saben contar muertos y enfermos. En buena hora.

No obstante, y pidiéndole disculpas de antemano, creo que hay cosas que deben ser dichas y no lo han sido. O a lo mejor sí, pero es imposible seguir todo lo que se dice y escribe, estos días, sobre el asunto. Se repite hasta la saciedad, en estilos y voces distintos, la misma retahíla de informaciones, recomendaciones y lugares comunes.

Empecemos por decir que la situación es en verdad seria. Se trata de un bicho nuevo, si bicho fuera, del que se desconocen su morbilidad y posible evolución. Y eso asusta. No sólo a los mexicanos, sino al mundo entero. Toda la prensa del mundo, impresa y electrónica, tienen hoy como titular principal la “gripe mexicana”. El miedo cunde. Entre el bajo pueblo y entre especialistas. Ayer, lunes por la tarde, habían sido identificados potenciales infectados en 12 países. Todos viajeros procedentes de México o de California. Sólo uno de ellos, en Albacete, España, ha sido confirmado como víctima de la gripe porcina.

El horizonte está nublado. No se ve ni se sabe a dónde puede llevar todo esto. Éste es el primer punto importante para destacar, a pesar de discursos solemnes y declaraciones sensatas, hoy por hoy no hay quién sepa qué pedo.

Se trata, eso sí se sabe, de un virus del género A(H1 N1), del tipo del que produjo la dramáticamente célebre pandemia de la “gripe española” en los años 1918-19 y que causó la muerte de unos 80 millones de personas. La actual es una cepa nueva, al parece una recombinación de tres virus distintos, del mismo género: el de la gripe aviar, el de la porcina y el de la humana.

No puedo no decirle, llegados a este punto, que el concepto de “virus” es asaz confuso y hay numerosos científicos que niegan su existencia. Se trata de una “solución teórica” a fenómenos no comprendidos del todo. De existir, los virus serían unas mirruñitas infames, cadenas de aminoácidos, a escala molecular. No son observables en ningún microscopio, por sofisticado que sea. Se “detectan” a través de los antígenos que generan los organismos infectados. Ya se lo dije, vamos a ciegas. Y también se lo dije: eso da miedo.

Se ignora, por ejemplo, cuál es el periodo de incubación de la sabandija, es decir, el tiempo entre que ingresa al organismo y produce los primeros síntomas. Parece ser que va de uno a diez días. En ese lapso el inoculado no sabe que lo es. Se siente y parece una persona sana. Es un portador asintomático. Y esto, aunque no se dice, no sé si por ignorancia o por estrategia, es ineludible. El portador asintomático sí es contagioso. De manera que cuidarse únicamente de los mocosos es insuficiente.

E, ignorar por ignorar, también se desconoce su labilidad. Es decir, cuánto tiempo permanece activo fuera de los tejidos. Si es depositado sobre la manija de una puerta, cuántas horas o días podrá esperar “vivo” a que llegue el incauto que lo recoja y lo ingiera. Se habla de algunos segundos hasta cuatro o cinco días. Lo más seguro es que quién sabe.

Un punto no menos importante, que no ha sido aclarado ni por autoridades ni por especialistas ni por comentaristas es si puede ser transmitido únicamente a través de la saliva o de la mucosidad —versión hegemónica— o si también por medio del aire, es decir, de la respiración. En este caso los tapabocas le harían lo que el viento a Juárez. Deberíamos usar máscaras antigases. Y a ver si así.

Finalmente, es importante acercarnos a una explicación de por qué parecen ser más vulnerables los jóvenes, de 20 a 40 años, que los otros estratos de la población, contrariamente a lo que parecería lógico, y a las recomendaciones, reiteradas ad náuseam, de que era preciso cuidar en primer lugar a bebés y ancianos. La probable razón es que el virus se inserta en el sistema inmunológico, y son precisamente quienes lo poseen más vigoroso, los chavos, los más inermes.
En fin, pobrecitos, los expertos no saben más. Hacen y dicen lo que pueden. Eso deberían decir.
Me es imposible no dedicar un párrafo a la etimología, rama fundamental del saber incluso en estos asuntos médico-patológicos. Gripe e influenza son sinónimos. Del todo. “Gripe” viene del francés “grippe” y éste del suizo-alemán “grüpi”, “acurrucarse, tiritar, estar cajoneado”. Por su parte, “influenza” viene obviamente del italiano y ésta del latín “influens”. Por lo visto en aquellos tiempos consideraban que contagiar a alguien era “influir” sobre él. También, en otra versión, que los astros celestes eran los responsables, influían, en las grandes epidemias. De la misma raíz proceden “influjo” y el inglés “flu”, gripe. Decir “influenza” es una manera cursi y esnob de decir gripe. Da más caché.

Me tengo que callar. El espacio ya dio de sí. Queda mucho por decir. Sobre etimologías y otros menesteres. En particular acerca de la visión paranoica del caso. No por paranoica, menos razonable. Y sobre todo sobre el contagio del miedo. Espero que, la semana que viene, ya no tenga mucho caso hablar de todo ello.

Ya luego yo (tipo X) hablaré bien de la histeria colectiva, que no es solo cosa de llamar a las cosas como a uno se le hinchen las ganas.

Texto de Marcelino Perelló

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miércoles

Curado de Apio

En la foto se observa al papá y a los tíos de Inna a la salida de una pulcata (según su versión)

“Venden miel de unas plantas que llaman en las otras islas maguey, que es muy mejor que arrope, y de esas plantas hacen azúcar y vino, que así mismo venden”. De esta manera informa Hernán Cortés en la prolija, maravillosa y maravillada descripción del mercado central de Temixtitan, como llama él a Tenochtitlán, de la existencia del aguamiel y del pulque. Así se lo cuenta al emperador Carlos V en su Segunda carta de relación, fechada en Segura de la Frontera, el 30 de octubre de 1520.

Por lo visto, al conquistador le gustó más el aguamiel que el “vino de maguey”, y le ahorra cualquier adjetivo elogioso, con los que la crónica no es en absoluto avara. Se entiende. El pulque corresponde a otra cosmogonía, a otra estética. Esta vez gustativa, y que no tiene referente alguno con nada parecido en el que ellos consideraban el Viejo Continente. Lo ha de haber desconcertado. No, pos sí.

Ya he dicho aquí que la auténtica reserva cultural de la mexicanidad, una vez extirpadas las religiones, arrinconadas las lenguas, prescritos los modos vestimentarios, y reducidos a su mínima expresión los nombres originales de la gente, se encuentra atrincherada en la gastronomía. Resiste, y resiste bien. También en la toponimia, reconozcamos. Con dificultades, y en combate no siempre exitoso, con el santoral, religioso y patriótico, pero ahí está.

Y también sostuve que no estoy del todo seguro que la tortilla y el taco, tal como ahora los conocemos, y que constituyen, hoy, elementos emblemáticos y de base de la cocina definitoria de nuestra nación, provengan de la América libre. Sus nombres, hispanizantes, parecen revelar que fueron introducidos por los conquistadores. Y que fueron sincretizados, sin duda. Se parecen demasiado al “pan árabe” y al uso que se le da. No olvidemos que muchos de los invasores procedían de Andalucía y Extremadura, y que acarreaban, después de 800 años de dominación, una acendrada cultura morisca.

El aporte autóctono consistiría, en ese caso, en la substitución del trigo por el maíz, el nixtamal por la harina. Aunque, para contradecirme yo mismo, déjeme decirle que, en la misma carta, Cortés afirma: “Venden mucho maíz en grano y en pan, lo cual hace mucha ventaja, así en el grano como en el sabor, a todo lo de las otras islas y tierra firme”.

O séase, que sí existía el “pan de maíz”. ¿Qué sería? ¿Cómo sería? Yo, más que por las crepas bretonas que vienen a ser las tortillas, me inclino por los huaraches, las gorditas, las tlayudas o los tamales. Aunque los tamales, ay, se parecen mucho a la polenta italiana o a la mamaliga rumana. Vaya usted a saber.

Por otro lado está el chile. Sin albur. Los chiles. Ya platicamos de ellos. Son mexicanos sin duda alguna. Pero también son otras cosas. Con este rollo de la doble, o triple, nacionalidad, las cosas se complican. Los pasaportes se han vuelto una especie de tarjetas de crédito. Tiene uno varios y los va campechaneando. Y si no, platíqueme de los jugadores “naturalizados” en la Selección Mexicana de Futbol. Traen un merequetengue que no se aclaran.

Y el chile tiene como veinte nacionalidades. A las originales, americanas, se le han añadido las árabes y las orientales, que han generado variedades riquísimas, picosísimas, y que lo consideran como propio. Pero nos vale. México es, por su estirpe, por su vigencia, por su lugar en la constelación alimentaria, la patria del chile. El chile es mexicano. Que no nos vengan con mamadas. O sí.

A pesar, y en favor de todo ello, el que queda instalado en el pódium, como el emblema indiscutible del mexicanismo gastronómico, es el pulque. La pulcata. La que no le gustó a Cortés. Ese sí, sin duda alguna, habla de otros tiempos, de otra concepción de la vida y del goce. El que hace hilo, la araña en el piso. Nada que ver, ninguna relación con cualquier otra bebida del mundo entero. Ni entonces ni ahora.

Es él, el caldo de oso, el que nos habla aún hoy, para quien quiera escucharlo, de esa cultura, de esa civilización perdida. Por ello mismo es difícil abordarlo. No es fácil que le guste a uno. En el colmo del genocidio, el pulque ha llegado a ser una bebida exótica, muy exótica, incluso en México. Preferimos una lager o una pilsen. Hasta aquí han llegado las cosas. Para que se dé usted, reflexivo lector, un quemón.

El número de pulquerías en ciudades y pueblos de nuestro país ha disminuido de forma dramática. Es raro, muy raro, pasar enfrente de una. Ya no digamos entrar. En mi infancia era frecuente. Pasar, no entrar. Recuerdo, con desconcierto, las advertencias. “Prohibido el acceso a mujeres, perros y uniformados”. En ese orden. Y, por supuesto, el “Departamento de mujeres”, con ventanilla y sin mesas.

Los legendarios Llanos de Apan ya no están. En fin, los llanos siguen ahí, pero los magueyales ya no. Y el gran patrón, don Ignacio Torres Adalid, se ha de haber gastado toda su fortuna en comprar el nombre de una distinguida calle en la Colonia del Valle, y ya no le quedó para los tlachiqueros.
Tal vez el problema reside en que el pulque ha sido considerado, desde los inicios de la colonia, como la bebida de los “nacos”, de los indios y desposeídos. Y no es de “bon ton” consumirla en otros ambientes. ¿Por qué existen pulquerías y no “whiskeyrías” o “vinerías”? Existen, sí, las “vinaterías”, pero ahí no se bebe vino. La cuestión es más social que gastronómica.

Y, además, el pulque no es una bebida pensada para acompañar la comida. El curado de apio se basta solo. Le falta un grado para ser carne. A diferencia del vino, y un poco en la línea de la cerveza. “El aire habla de placeres que deberían venir”.

Cualquier intento de recuperar nuestras raíces, si es que ello tiene algún sentido, pasa por el pulque. No es sólo un líquido exquisito y tradicional. Es una bebida sagrada.

Texto de Marcelino Perelló

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lunes

Del olvido al no me acuerdo

No tanto como Forrest Gump, pero puedo decir que yo padezco del mal de la buena memoria. Aún cuando difícilmente pueda reconocer a la persona que venía conmigo en el camión, si podría hacerlo con mis amigos del kinder, los cuales dejé de ver hace más de veinte años. De hecho, una vez, camino a Toluca, me encontré con uno de ellos, el cual no me reconoció, aunque me dieron unas ganas inmensas de comenzar a platicar para rememorar aquellas gloriosas mañanas cuando podíamos llorar para no quedarnos en la escuela. Sin embargo, ni me saludó ni yo a él. Estoy acostumbrado a que la gente se olvide de mí.

Del olvido al no me acuerdo es una película que tuve oportunidad de ver por allá e el tiempo de la preparatoria. En ese entonces era yo, o comenzaba, ferviente admirrador de la breve pero inconmensurable obra de Juan Rulfo, entonces vi el trabajo de su hijo. Me parece ahora que en aquél entonces no estaba yo del todo preparado para ver la película porque la mera verdad es que no entendí nada. Yo sólo veía a los viejos hablar de cosas:

- Pedro, ¿cuándo se te va a quitar?
- ¿Qué dices?
- ¿Cuándo se te va a quitar?
- ¿Qué?
- ¡Lo joto!

Un chiste octagenario que me hizo reir. Pero no entendía que la diferencia del olvido al no me acuerdo es la voluntad.

Créanme ustedes que cuando yo digo no me acuerdo, a veces miento. Como todos. Pero cuando digo la verdad es que en serio no quiero acordarme, en el estricto sentido con el cual esa frase fue hecha. Así, no me acuerdo de mi numero de cédula para hacer mi examen en la facultad, aunque no así de cuando entré a la prepa (03780-D). Me he olvidado de mecanismos de reacción y cadenas de señalización, los cuales en su tiempo manejé con habilidad que, sorpresivamente para mi condición actual, era grande. No me acuerdo es la imposibilidad fisiológica de hilar esas ideas que en sus mejores días corrían como un riel. No me acuerdo del día que murió mi perra Negra, pero las lágrimas en mis ojos son nítidas al acordarme de que era un día con mucho sol y viento, porque ella se murió como vivó. He olvidado el día.

Y no solo eso se ha empañado de olvido. Personas, sentimientos, viejas alegrías que hoy ya no tienen efecto, antiguos vicios. Antiguas formas. Pero la vida quiso que mi cajita de cosas olvidadas fuera muy pequeña, comprimida aún más por esa pesada carga que es la buena memoria (nótese mi fatal error de redacción al mencionar la misma idea en menos de 1 página, por más no sea más que un blog). Aunque también es cierto que las cosas arrumbadas deben quedarse ahí, como aquello de sentirme mejor por tener unos tenis adidas o un pantalón levi's (tremenda pendejada de preparatoriano), es muy cierto que a veces me gustaría volver a caminar rodeado de esas dulces canciones del pasado, para volver a ser niño y jugar a los papalotes. Y sin embargo no quiero porque eso es pasado y el pasado ya no vive conmigo.

El amor es como los imperios. La vida es como una pelota de tres dimensiones en donde nosotros nos movemos como manchas planas y cuando volvemos ni cuenta nos damos. Dice Joaquín Sabina que es cosa solo de poder dormir sin discutir con la almohada, no de olidar, más bien de no recordar. Porque olvidar implica razón y cuando la razón se mete en los sentimientos, entonces estamos fritos.

¿A dónde vas? Preguntarán ustedes acostumbrados a la ciencia y sus respuestas que luego no son convincentes, por más que tengan 10 referencias bibliográficas. Pero de hecho si tiene una finalidad, además de perder el tiempo pensando en cosas que no tienen sentido. Pero es que uno tiene que ser precavido, porque uno nunca sabe quién puede leer los blogs y meternos en un lío. Personajes circunstanciales de las películas, que sin ser protagonistas, como cambian el curso de las cintas.

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martes

La guerra de los dioses

Realmente. La cosa realmente no tiene nombre. ¿Qué extraña y perversa maldición cayó desde el inicio de los tiempos sobre esa tierra yerma llamada Santa? Se trata de uno de los parajes más pobres y desolados del mundo. No hay yacimientos ni de petróleo ni de minerales. Apenas hay agua. Los escasos y escuálidos ríos son prácticamente de estiaje. Y cultivar ahí una brizna de olivo representa toda una proeza.

Lo que sí hay son hombres. Muchos. Que se aferran con una tenacidad feroz a esa tierra triste y sombría. ¿Cómo explicarlo? Así ha sido desde siempre y así será para siempre, por los siglos de los siglos. Hay hombres. Y hambre y sangre. Mucha. Y hay rezos, muchos. Oran a sus dioses, cada uno al suyo. A alguna de las tres deidades que se disputan el territorio: Alá, Jehová y el Dios de los cristianos.

A lo mejor es eso: quienes se empeñan en permanecer ahí y en defender su feudo a sangre y fuego son los dioses. No los hombres. Y los hombres se ven arrastrados por la mítica y la mística que sus respectivos dioses les imponen. Y no hay nada qué hacer. Donde manda capitán, no gobierna marinero. Donde reina el altísimo, no rige el feligrés.

Es la guerra de los dioses. En la antigua Judea, en la antigua Palestina, en la antigua Israel, en la antigua Fenicia, en la antigua Canaán, las guerras se han sucedido durante milenios, de manera interminable. Tan pegadas que podríamos hablar de una sola guerra. La guerra eterna.

Dicen que no es ahí exactamente el lugar elegido para dar origen al hombre. Aseguran los antropólogos que es muy cerquita, en el cuerno de África, en el actual resort de los piratas. Pero hay que atravesar el Mar Rojo. Lo que sí es seguro es que es ahí donde nace la civilización. Valiente civilización. Quién sabe quién fue el primero que decidió cruzar el canal de Suez, que aún no existía, y estacionarse por allá. ¿Qué le gustó, qué le convino, qué lo inmovilizó? Pero pinche idea, me cae.

A lo mejor, también, tiene que ver el que es el punto de confluencia de los tres continentes. Los únicos tres que existían hasta anteayer. Pero así que diga uno qué tanta geografía sabían aquellos hombres y qué tan precisos mapas habían elaborado, pos no. Pero la geografía y la historia tienen su propia dinámica y sus propios misterios.

He ahí un término clave: misterio. En el Oriente Medio habita un misterio. Un misterio clave. La cantidad de masacres terroríficas, inverosímiles, que han ido teniendo lugar en ese paisaje agobiante, en nombre del misterio, es estremecedora. El antiguo testamento describe muchas, pero muchas más se le barrieron, por antiguas, y otras muchas ocurrieron después.

El número de pueblos que han pasado por esas colinas, en el fondo del fondo del Mediterráneo, también es innumerable. Ni crea que voy a intentar una lista, ni que fuera parcial. Es inabordable. Y todos llegaban a partirles la madre a los que ya estaban ahí. ¿Por qué? ¿Qué disputaban? Ni ellos mismos lo sabían. El misterio.

De los últimos en llegar fueron los árabes, en el siglo VII de nuestra era. Después irrumpieron Alejandro Magno, Eduardo VII de Inglaterra y George W. Bush. Entre otros. Los musulmanes, que todavía no sabían que eran musulmanes, se asentaron. Matando a quien se les ponía enfrente. Y dejándose matar, también digámoslo, por el que, al ponérseles enfrente, resultaba más fuerte que ellos. A fin de cuentas, sin embargo, establecieron su hegemonía. Los árabes no sólo conquistaron, colonizaron.

Había ahí, sin embargo, un problema que ellos desconocían y que no había manera que conocieran. Los judíos. Ellos habían sido expulsados de su tierra, mil años antes, por Nabucodonosor II, el babilonio. Fue la primera diáspora. Muchos mosaicos se propusieron y lograron quedarse, sin embargo, la segunda se produjo en el año 70 de nuestra era, ante la represión atroz que desencadenó el general y futuro emperador romano Tito. La tercera tuvo lugar 60 años más tarde, cuando fue ahogada en sangre la rebelión de Bar Kojba, de los hebreos rejegos que permanecían ahí.

La cosa es que los judíos no se disolvieron en las naciones a las que fueron llegando, como hacen todos los migrantes decentes. Ellos no. No se desnaturalizaron y permanecieron judíos. Milenios enteros. Con sus costumbres, su religión, incluso sus hábitos culinarios y vestimentarios. Eso no estaba previsto. No hay precedente histórico de algo así. A no ser el de los gitanos, pero ya es otra historia. Y otro misterio.

Lo peor de todo, sin embargo, es que los judíos querían regresar a esa pinche tierra estéril, buena para nada. A la que ellos consideraban, dos mil años después, su tierra. Así se los ordenaba, por lo visto, Jehová.

Y regresaron. De qué manera regresaron. Gracias a Hitler. Gracias a la bestialidad del holocausto, las naciones del mundo se proponen encontrar una solución final (término nazi) a la cuestión judía. En 1947, la flamante ONU decide la creación del Estado de Israel en la antigua Judea, dividiendo la antigua colonia británica, Jordania, en dos partes: una árabe, la actual Jordania, y otra judía, el actual Israel.

Ello provoca un desaguisado. No podía ser de otra manera. La creación de todo Estado es sangrienta. En la gestación de todo ser humano existe una cogida. Y en la de todo país, también. En la génesis de cualquier país hay los cuatro líquidos esenciales: sangre, sudor, lágrimas y semen.

Del flamante Estado israelí no se corre a nadie ni se expropia nada. De hecho, actualmente, cerca de 20% de la población de Israel es árabe. Pero les cambian la jugada. Y Alá les prohíbe que se instalen ahí los herejes. Muchos, por ello, se van, por propia decisión. Otros se quedan, y hoy, contrariamente a los que nos sirven las versiones maniqueas, sostienen una convivencia armónica con los judíos. Unos van a comprar a la recaudería del otro y el otro toma café apaciblemente en el bar del uno.

Pero el conflicto está armado. Si los dejaran solos, seguro se entendían. A pesar de los dioses. Pero no. Ahí están los game masters, el poder mundial, los señores del capital, que atizan el fuego y amarran navajas. Quién sabe por qué y para qué. No es como Irak, manantial de oro negro. Allí no. No van a sacar nada, más que sangre y dominio. Criterios estratégicos que a nosotros se nos escapan, a pesar de Alfredo Jalife.

La cuestión, una de las facetas de la cuestión, es que los árabes actuales se erigen como racistas, como nazis elevados al cubo. No solamente hay que echar a los judíos al mar, sino que hay que exterminarlos de la faz de la Tierra. Goebbels, desde el purgatorio, los envidia. La Carta de la organización Hamas pone los pelos de punta. Afirma que los judíos son los culpables de todos los males sobre la Tierra. De guerras, hambrunas, enfermedades y crisis. De todas. Hay que aniquilarlos. Como al bacilo del cólera. Como al demonio, que no existe en el Corán.

Le acabo de decir que hay muchos árabes que viven en Israel. Es impensable, del todo, que un judío viva en un país árabe. La sola idea mueve a risa. Aunque el judío en cuestión sea pro árabe. Que los hay y muchos. En Israel hay a cada rato manifestaciones pro Palestina. Pensar en el recíproco provoca ya no risa, sino hilaridad incontenible. Cuando no lágrimas.

Soy ferviente partidario de la libertad y la independencia del pueblo palestino. Que ni qué. Pero no voy a dejar de creer que los judíos tienen el mismo derecho a defender la tierra que consideran suya. Y que como tal han trabajado. La tierra es de quien la trabaja, dijo un ranchero cercano a mi corazón. Y la arena también. Y un territorio rodeado de enemigos enrabiados no es, créame, una situación fácil.

Pa’ acabarla de amolar, por ahí están también los cristianos, los entrañables maronitas del Líbano y los coptos de Egipto, nomás mirando. A ver a qué hora les toca. Les vuelve a tocar. En fin. Ese nudo, a pesar de lo que dice la topología, no tiene solución. No es que no haya a quién irle. Es que le va uno a todos. Si es la guerra de los dioses, que la resuelvan los dioses. Pero, por lo visto, no quieren. Les gusta, a los tres, la sangre.


Marcelno Perelló. El Excelsior

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Versión de prueba

Hoy quiero escribir cosas que no se hayan escuchado jamás, pero sé que no tengo el talento necesario ya que desde el comienzo he hecho alusión a Neruda, que como yo amaba las cosas ...no sólo las supremas, sino las infinitamente chicas, el dedal, las espuelas, los platos, los floreros...

... Amo todas las cosas, no porque sean ardientes o fragantes, sino porque no sé, porque este océano es el tuyo, es el mío: los botones, las ruedas, los pequeños tesoros olvidados, los abanicos en cuyos plumajes desvaneció el amor sus azahares, las copas, los cuchillos, las tijeras, todo tiene en el mango, en el contorno, la huella de unos dedos, de una remota mano perdida en lo más olvidado del olvido...

... voy por casas, calles, ascensores, tocando cosas, divisando objetos que en secreto ambiciono: uno porque repica, otro porque es tan suave como la suavidad de una cadera, otro por su color de agua profunda, otro por su espesor de terciopelo.

Quizá un trozo de tela, un reloj, un espejo, una caja de cereal ...muchas cosas me lo dijeron todo. No sólo me tocaron o las tocó mi mano, sino que acompañaron de tal modo mi existencia que conmigo existieron y fueron para mí tan existentes que vivieron conmigo media vida y morirán conmigo media muerte.

Yo amo nuestras cosas.

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El plátano, parábola de nuestro tiempo

"Debajo de los encabezados que hablan de carestía de alimentos y gobiernos tambaleantes, existe un hecho casi inadvertido: los plátanos mueren. Este alimento, más consumido incluso que el arroz o las papas, tiene su propia forma de cáncer. Se trata de un hongo conocido como enfermedad de Panamá, que da a la fruta un color rojo ladrillo y la vuelve incomible.

No hay cura. Todos los frutos perecen conforme se propaga, lo cual ocurre de prisa. Pronto –entre 10 y 30 años– la fruta amarilla y cremosa que conocemos no será más.

La historia del ascenso y caída de este alimento puede verse como una extraña parábola sobre las corporaciones que cada vez dominan más al mundo y adónde nos están llevando.

El plátano parece un espléndido producto de la naturaleza, pero eso es una dulce ilusión. En su forma actual, su creación fue bastante deliberada. Hasta hace 150 años existía gran variedad de plátanos en las selvas del mundo, los cuales se consumían siempre en las zonas cercanas. Algunos eran dulces; otros, amargos. Los había verdes, morados o amarillos.

Un consorcio llamado United Fruit sacó de la selva un tipo en particular –conocido como Gros Michael– y decidió producirlo en masa en enormes plantaciones, y distribuirlo por el mundo en barcos frigoríficos. El plátano se estandarizó en un modelo amigable: amarillo, cremoso y cómodo de llevar en la lonchera.

Hubo allí una chispa de genio empresarial, pero United Fruit ideó un cruel modelo de negocio para llevarlo a cabo. Como explica el escritor Dan Koeppel en su brillante historia Banana: the fate of the fruit that changed the world (Plátano: el destino de la fruta que cambió al mundo) funcionó así: encuentra un país débil. Asegúrate de que el gobierno sirva a tus intereses. Si no lo hace, derrócalo y remplázalo por uno que sí. Quema sus selvas y construye plantaciones de plátano. Haz que los nativos dependan de ti. Aplasta cualquier brote de sindicalismo. Y luego, ¡lástima!, hay que ver morir los plantíos de plátano por una enfermedad que se disgrega por el mundo. Si eso ocurre, arrójales toneladas de químicos, a ver si sirve de algo. Si no, pásate al país de al lado y vuelve a comenzar.

Parece una exageración hasta que uno estudia lo que pasó. En 1911 el magnate platanero Samuel Zemuray decidió convertir a Honduras en su plantación privada. Reunió algunos gángsteres internacionales, como Guy Ametralladora Maloney; montó un ejército privado e invadió la nación, instalando a un amigo de presidente.

El término “república bananera” se inventó para describir las dictaduras serviles que se crearon para favorecer a las empresas del plátano. A principios de la década de 1950, el pueblo guatemalteco eligió a un profesor de ciencia llamado Jacobo Arbenz, porque prometió redistribuir parte de los fincas bananeras entre los millones de campesinos sin tierra.

El presidente estadunidense Eisenhower y la CIA (encabezada por un ex empleado de United Fruit) giraron instrucciones de matar a esos “comunistas”, haciendo notar que “martillo, hacha, pinzas, desarmador, atizador de fuego o cuchillo de cocina” eran buenos métodos para ese fin. Luego la tiranía con la que los remplazaron asesinó a más de 200 mil personas.

Pero, ¿en qué forma se relaciona esto con la enfermedad que hoy diezma los platanares del mundo? Las pruebas indican que, aun cuando vendan algo tan inocuo como los plátanos, las corporaciones se estructuran para hacer una sola cosa: maximizar las ganancias de sus accionistas. Si no hay normas que las contengan, harán lo que sea por maximizar las ganancias a corto plazo, lo cual conducirá a conductas como destruir el medio ambiente que explotan.

No mucho después que la enfermedad de Panamá comenzó a matar plátanos, a principios del siglo XX, científicos de United Fruit advirtieron al consorcio que cometía dos errores. Uno era construir un gigantesco monocultivo: si todos los plátanos eran de la misma especie, una enfermedad que entrara en la cadena en cualquier lugar del planeta se propagaría con rapidez. ¿La solución? Diversificar las variedades que se producían.

Las normas de cuarentena de la empresa también eran una calamidad. Hasta las personas encargadas de prevenir la infección entraban en plantíos sanos con suelo infectado adherido a sus botas. Pero las soluciones a los dos problemas costaban dinero, y United Fruit no quería pagar. Optó por maximizar ganancias hoy, suponiendo que podría abandonar el negocio del plátano si las cosas salían mal.

Así pues, para la década de 1960 el Gros Michel, que United Fruit había empacado como el único plátano auténtico, estaba muerto. La compañía buscó un remplazo inmune al hongo y al fin dio con el Cavendish (el tabasco, pues). Era más pequeño, menos cremoso y muy fácil de magullar, pero no había de otra.

Pero, como en una secuela de película de horror, el asesino volvió. En la década de 1980, el Cavendish enfermó también. Ahora está muriendo; su inmunidad era un mito. En muchas partes de África la cosecha ha caído 60 por ciento. Existe consenso entre los científicos de que el hongo acabará infectando todos los plátanos de esa variedad en el mundo. Tal vez habría alguna especie que pueda adaptarse como Plátano 3.0, pero son tan diferentes que parecen una fruta del todo diferente y mucho menos apetitosa. El contendiente más probable es el Goldfinger, que es más rígido y agrio: se le conoce como “la banana ácida”.

Gracias a la mala conducta corporativa y a los límites físicos, parece que estamos en un callejón sin salida. La única esperanza parecería ser un plátano genéticamente modificado para resistir la enfermedad de Panamá. Pero es una posibilidad remota, y encontraría mucha resistencia: ¿a quién le gustaría un banana split hecho con un plátano que contuviera genes de pescado?

¿Hay una parábola de nuestro tiempo en este licuado de plátano, sangre y hongos? Durante cien años, un puñado de corporaciones recibieron una fruta espléndida y se les permitió hacer lo que quisieran con ella. ¿Qué ocurrió? Para exprimirle hasta la última gota de ganancia, destruyeron democracias, quemaron selvas y acabaron matando la fruta misma.

Pero, ¿acaso hemos aprendido? Por todo el mundo, políticos como George Bush y David Cameron nos dicen que regular las corporaciones es “una amenaza” que hay que “combatir”; incluso sostienen que debemos dejar en sus manos el clima del mundo. Para mí, sería una locura."

Johann Hari. Why bananas are a parable for our times. Tomado de la Jornada. El original en inglés acá.

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jueves

Hoy toca Borges

¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitioen que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN,
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.

Fundación Mítica de Buenos Aires. Jorge Luis Borges (No es José Luis Borgues, ese es otro)

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domingo

Crema de estrellas

El viento golpea de frente mi cara y me recuerda que aún en verano se siente frío. No hay ningún problema.

Hacia tanto tiempo que no veía un cielo tan limpio y tan claro aún siendo de noche, ya que no sólo las estrellas han salido, sino es evidente que la radiación de fondo del universo, el vestigio eterno del principio de todo, ilumina nuestros rostros. Claramente reconozco tu mirada clavada en el horizonte por donde se distinguen pequeñas réplicas de la danza celestial convertida en ciudades y pueblos lejanos. Yo estoy imaginando que la gente está dormida, cada quien metido en sus sueños, así como yo, que estoy cayendo en una trama infinita de felicidad y de fresas y de estrellas... tu vas cayendo en la inconsciencia y al fin llega la paz.

Todos los viajes comienzan con un sueño y yo digo que el mío eres tu. Tu convertida en el cielo que remontar para alcanzar la gloria, convertida en mar para viajar bien profundo, convertida en montaña para estar solos, convertida en ciudad para no dejarnos nunca, convertida en mediodía y atardecer, en tiempo, en árbol, en una plaza llena de gente... Yo sólo soy humo que se divierte haciendo piruetas al compás del viento. Me siento ligero y frágil, como si de repente mis piernas fueran de papel mojado que tiemblan y se aferran a ti, como el naufrago lo hace al último trozo de madera visible, como el moribundo se aferra a la vida, como la semilla que quiere echar raíz.

Uno debe tener cuidado al comenzar a caminar, porque los pies suelen ser traviesos y casi nunca saben el camino de regreso como lo saben los coches y los caballos; caminar por caminar es cansado pero divertido. Caminar a tu lado es dulce y refrescante, como lo es el agua. De ida y vuelta la ruta es corta por más entramada que sea la vereda, no importa si hay que pasar en medio de árboles, plantas venenosas y tigres y leones; las distancias se hacen de cuando mucho dos pasos para llegar. Odio las distancias que no se pueden recorrer a pie, porque siento que no son auténticas, es como si en realidad pensaran que son divertidas cuando lo único que hacen es ponerme a más de dos horas de ti y eso no me gusta, me enoja porque quiero convertirme en pájaro y eso esté difícil porque que mi nahual no es ese. Te espero y mientras llegas me duermo un rato, para verte rápido.

Todos los viajes tienen un principio, pero no siempre tienen un final...

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miércoles

Valijas

Hace muchos años don Américo se fue a su habitación a hacer la valija más triste de su vida. Su madre, a la que nunca más iba a ver, le dijo antes de que el hijo partiera: "Nunca traiciones tu origen milanés, Américo, y jamás te irá mal en la vida". El pequeño cruzó el Atlántico con esas palabras en el alma y no se las olvidó nunca. Cuando dos meses después pisó tierra firme, el 20 de junio del '43, tenía diez años y lo primero que lo sorprendió de Buenos Aires fue el silencio. Era la primera vez en media vida que no escuchaba el estruendo de las bombas de la guerra. Llegaba el niño solo, desde Milán, hambriento y con el pelo hasta los hombros. Y se encontró muy pronto con el primer problema: para trabajar había que cortarse el pelo, para ir a la peluquería había que tener con qué, y para tener con qué había que trabajar. Argentina era un pueblo de pelicortos; las modas europeas no aterrizaban tan alegremente como ahora.

En el puerto escuchó un rumor: había una peluquería en La Boca que cortaba a los inmigrantes gratis, con una sola condición que debía cumplir el cliente de palabra, sin firmar papeles. Y para allá se fue el pequeño Américo. El barbero, un criollo enorme, le dijo que efectivamente le hacía el favor de raparlo si él prometía que desde ese día, y para siempre, sería incondicional de un club de fútbol que se llamaba Boca Juniors, y que para más datos era el equipo de los amores de más de la mitad de los argentinos.

El jovencísimo Américo, sorprendido por tan buen negocio, juró solemnemente sobre las páginas de la revista El Gráfico que siempre sería xeneixe. Lo juró como sólo puede jurar un chico hambriento: de verdad, para toda la vida. Y Américo salió de la peluquería a la media hora, sin un pelo en la cabeza y con dos colores nuevos en el corazón.

Pasaron los años. Mi suegro prosperó muchísimo desde que llegó de Milán con una mano atrás y la otra adelante, y siempre pensó que su suerte en la vida se debió a dos juramentos que nunca había roto: el de su madre, de no traicionar jamás su origen milanés; y el de aquel viejo barbero, de ser de Boca Juniors hasta los huesos.

Pero Dios a veces es irónico y juega con sus criaturas, y a don Américo lo esperaba, paciente, una broma divina que iba a ocurrir muchísimos años más tarde: exactamente el día domingo 14 de diciembre de 2003, a las 7:15 de la mañana. La broma la transmitió Fox Sport en directo desde Japón, y para el resto de los mortales nomás fue un partido de fútbol entre Boca y el Milan, que se jugaban a todo o nada la final del mundo. Para mi suegro no. Para él, pobre viejo, lo de ayer no fue deporte, sino el final de su suerte en la vida. Hinchara para quien hinchara, le estaría dando la espalda a un pueblo amado, y rompiendo un juramento de honor imperdonable.

Estuvo sentado frente a la tele desde dos horas antes de que conectaran con Japón, llorando de antemano porque todavía no había decidido a quién traicionar. Seguía llorando cuando empezó el partido. Nosotros, con el mate en la mano y en pijama, lo mirábamos más a él que a la pelota. Nos gusta el morbo, y siempre es más interesante ver sufriendo a un hombre que transpirando a veintidós.

El primer gol fue del Milan. Américo se levantó del sofá y gritó: "¡Vamo caraco, forza Milano merda puta!", y se sentó y siguió llorando a moco tendido. Quince minutos después fue el gol de Boca. Américo se levantó y gritó: "!Vamo caraco, aguante boquita merda puta!", y se hundió en el sofá y otra vez lloró amargamente.

Acabó el partido en empate, como si Dios quisiera profundizar la herida de muerte con tiros desde el punto del penal. Don Américo tenía los ojos vidriosos, secos ya de lágrimas. Miraba el aparato como si le hubieran dado la oportunidad de ver por la tele su propio entierro. Gritó triunfal los penales convertidos y gritó triunfal los fallados; gritó los goles de Boca y el gol del Milán, gritó a favor y en contra de sus dos corazones hasta que llegó el último disparo, que le dio el triunfo final al equipo del peluquero de la Boca, aquel argentino de ley que le cortó el pelo gratis a un 'sin papeles' sesenta años antes.

Y entonces mi suegro dejó de festejar, y dejó de llorar. Se quedó quieto. Nos miró a todos. "Domani me vuelvo a Milano —nos dijo—; non hay que morirse sin tornare a casa... ¡Aguante Boquita!". Y se fue a su habitación a hacer la valija más feliz de su vida.

Tomado del weblog de una mujer gorda.

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jueves

Les voy a contar un secreto

ENTONCES apareció el zorro:

-¡Buenos días! -dijo el zorro.

-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vío nada.

-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.

-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.

-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

-¿Qué significa "domesticar"?

-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?

-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.

-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... "

-¿Crear lazos?

-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?

-Sí.

-¿Hay cazadores en ese planeta?

-No.

-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?

-No.

-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor... domestícame -le dijo.

-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.

-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.

-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...

-Ciertamente -dijo el zorro.

- Y vas a llorar!, -dijo él principito.

-¡Seguro!

-No ganas nada.

-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.

Y luego añadió:

-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

-Adiós -le dijo.

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.

-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.

-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...

-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo.

El Principito. Antonie de Saint-Exupéry

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martes

Con silencio

Queridos compatriotas:

Les prometí el pasado viernes 15 de febrero que en la próxima reflexión abordaría un tema de interés para muchos compatriotas. La misma adquiere esta vez forma de mensaje.

Ha llegado el momento de postular y elegir al Consejo de Estado, su Presidente, Vicepresidentes y Secretario.

Desempeñé el honroso cargo de Presidente a lo largo de muchos años. El 15 de febrero de 1976 se aprobó la Constitución Socialista por voto libre, directo y secreto de más del 95% de los ciudadanos con derecho a votar. La primera Asamblea Nacional se constituyó el 2 de diciembre de ese año y eligió el Consejo de Estado y su Presidencia. Antes había ejercido el cargo de Primer Ministro durante casi 18 años. Siempre dispuse de las prerrogativas necesarias para llevar adelante la obra revolucionaria con el apoyo de la inmensa mayoría del pueblo.

Conociendo mi estado crítico de salud, muchos en el exterior pensaban que la renuncia provisional al cargo de Presidente del Consejo de Estado el 31 de julio de 2006, que dejé en manos del Primer Vicepresidente, Raúl Castro Ruz, era definitiva. El propio Raúl, quien adicionalmente ocupa el cargo de Ministro de las FAR por méritos personales, y los demás compañeros de la dirección del Partido y el Estado, fueron renuentes a considerarme apartado de mis cargos a pesar de mi estado precario de salud.

Era incómoda mi posición frente a un adversario que hizo todo lo imaginable por deshacerse de mí y en nada me agradaba complacerlo.

Más adelante pude alcanzar de nuevo el dominio total de mi mente, la posibilidad de leer y meditar mucho, obligado por el reposo. Me acompañaban las fuerzas físicas suficientes para escribir largas horas, las que compartía con la rehabilitación y los programas pertinentes de recuperación. Un elemental sentido común me indicaba que esa actividad estaba a mi alcance. Por otro lado me preocupó siempre, al hablar de mi salud, evitar ilusiones que en el caso de un desenlace adverso, traerían noticias traumáticas a nuestro pueblo en medio de la batalla. Prepararlo para mi ausencia, sicológica y políticamente, era mi primera obligación después de tantos años de lucha. Nunca dejé de señalar que se trataba de una recuperación “no exenta de riesgos”.

Mi deseo fue siempre cumplir el deber hasta el último aliento.

Es lo que puedo ofrecer.

A mis entrañables compatriotas, que me hicieron el inmenso honor de elegirme en días recientes como miembro del Parlamento, en cuyo seno se deben adoptar acuerdos importantes para el destino de nuestra Revolución, les comunico que no aspiraré ni aceptaré —repito— no aspiraré ni aceptaré, el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe.

En breves cartas dirigidas a Randy Alonso, Director del programa Mesa Redonda de la Televisión Nacional, que a solicitud mía fueron divulgadas, se incluían discretamente elementos de este mensaje que hoy escribo, y ni siquiera el destinatario de las misivas conocía mi propósito. Tenía confianza en Randy porque lo conocí bien cuando era estudiante universitario de Periodismo, y me reunía casi todas las semanas con los representantes principales de los estudiantes universitarios, de lo que ya era conocido como el interior del país, en la biblioteca de la amplia casa de Kohly, donde se albergaban. Hoy todo el país es una inmensa Universidad.

Párrafos seleccionados de la carta enviada a Randy el 17 de diciembre de 2007:

”Mi más profunda convicción es que las respuestas a los problemas actuales de la sociedad cubana, que posee un promedio educacional cercano a 12 grados, casi un millón de graduados universitarios y la posibilidad real de estudio para sus ciudadanos sin discriminación alguna, requieren más variantes de respuesta para cada problema concreto que las contenidas en un tablero de ajedrez. Ni un solo detalle se puede ignorar, y no se trata de un camino fácil, si es que la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos.

”Mi deber elemental no es aferrarme a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes, sino aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir.

”Pienso como Niemeyer que hay que ser consecuente hasta el final.”

Carta del 8 de enero de 2008:

"Soy decidido partidario del voto unido (un principio que preserva el mérito ignorado). Fue lo que nos permitió evitar las tendencias a copiar lo que venía de los países del antiguo campo socialista, entre ellas el retrato de un candidato único, tan solitario como a la vez tan solidario con Cuba. Respeto mucho aquel primer intento de construir el socialismo, gracias al cual pudimos continuar el camino escogido.”

”Tenía muy presente que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, reiteraba en aquella carta.

Traicionaría por tanto mi conciencia ocupar una responsabilidad que requiere movilidad y entrega total que no estoy en condiciones físicas de ofrecer. Lo explico sin dramatismo.

Afortunadamente nuestro proceso cuenta todavía con cuadros de la vieja guardia, junto a otros que eran muy jóvenes cuando se inició la primera etapa de la Revolución. Algunos casi niños se incorporaron a los combatientes de las montañas y después, con su heroísmo y sus misiones internacionalistas, llenaron de gloria al país. Cuentan con la autoridad y la experiencia para garantizar el reemplazo. Dispone igualmente nuestro proceso de la generación intermedia que aprendió junto a nosotros los elementos del complejo y casi inaccesible arte de organizar y dirigir una revolución.

El camino siempre será difícil y requerirá el esfuerzo inteligente de todos. Desconfío de las sendas aparentemente fáciles de la apologética, o la autoflagelación como antítesis. Prepararse siempre para la peor de las variantes. Ser tan prudentes en el éxito como firmes en la adversidad es un principio que no puede olvidarse. El adversario a derrotar es sumamente fuerte, pero lo hemos mantenido a raya durante medio siglo.

No me despido de ustedes. Deseo solo combatir como un soldado de las ideas. Seguiré escribiendo bajo el título “Reflexiones del compañero Fidel” . Será un arma más del arsenal con la cual se podrá contar. Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso.

Gracias

Fidel Castro

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lunes

Por quién doblan las campanas

"Nadie es una isla completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti"


John Donne. ("Por quien doblan las campanas" de Ernest Hemingway)

Y yo maravillado ante tanta belleza.

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Ana


"- Pero estamos hablando de las mejores tenistas del mundo...

- Váyase a bañar. Si lo que dice es verdad es incomprensible que esas dos muchachas estén desaprovechando su talento pegándole a una pelota. Yo quemaría mi casa con mis hijos adentro si una de ellas me lo pidiera, pero sería incapaz de hacer nada que me pidiera una tenista. No se me ocurren muchas cosas para hacer con una tenista, pero en cambio ayer se me ocurrieron un millón de cosas que haría con una de esas chicas. O con las dos."

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¿Sería descabellado estar enamorado de Ana?
Por cierto, el texto es de Guillermo Piro, colaborador de ESPN.

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miércoles

Por si no te vuelvo a ver

Para cuando vengas en la noche, que te quiero ver, deberé tener el valor de plantarme frente a ti y cubrir tu boca con mis labios; deberé rodear tu cintura con mi brazo y acercarte un poco más a mi, deberé ser diferente, nunca yo mismo, otro.

Para cuando llegue yo a tu casa, quiero que tu abras la puerta para poder mirar tus ojos, quiero escuchar tu voz dicéndome hola. Quiero verme envuelto en tu perfume lleno de olores de oriente, lejanos, extraños. Quiero que seas tu, porque deseo llenarme de tu recuerdo para luego decir hasta luego, nunca adiós. Quiero que abras tu la puerta para poder recordar el camino, que los eucaliptos no me atrapen y llegar, ni antes ni después, sólo llegar.

Para cuando estés conmigo guarda tu sonrisa más bella, guárdala porque la necesitarás, porque estando tu a mi lado sabes que eres feliz, que no necesitas de mucho más. Cuando me escuches platicarte la vida de los demás, conservame la más cálida mirada de las mil que tienes; también esconde tu paciencia donde los ladrones no puedan verla, a veces tendrás que recurrir a ella, las acciones no siempre se llevan con los sentimientos y eso tu lo sabes bien.

Finalmente, para cuando deba decirte adiós, preferiré siempre verte mañana, dejeré al sol que vuelva todos los días como mí compañía para hacerte una fiesta, quiero decirte hasta luego para tener un buen pretexto, de saludarte una y otra vez. Cuando me despida pasaré mis manos por tus hombros para guardarte derna, para hacer de ti por fin mi moustro (sic.), para llevarme conmigo un pedacito tuyo y soñarte a escondidas. Me alejaré esperando regresar, afinando mis oídos por si me pides volver, esperando tu solicitud una y otra vez... para cuando debas irte sólo te besaré, con la última despedida, por si no te volviera a ver...

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Yo nunca he sabido el porqué de sentir tristeza cuado un edificio viejo se cae o algo similar. Entonces imagínense mi tremenda imprsión al enterarme de esto:

La cantina más antigua de México, El Nivel, que ostenta la primera licencia de ese giro en el Distrito Federal, cerró sus puertas de manera definitiva en el Centro Histórico, luego de ser punto de encuentro de presidentes, escritores, artistas, burócratas, académicos, activistas, periodistas y turistas, durante 156 años.

Los cacahuates, el queso blanco y de puerco en cuadritos, con sus rajas en escabeche, botanas que acompañaban las cervezas frías o la bebida de casa el nivelungo (vodka, Pernod y licor de naranja) dejaron de servirse desde el pasado 2 de enero, según informó, durante una entrevista en el programa de radio De una a tres de Jacobo Zabludowsky, don Rubén Aguirre, su dueño, quien explicó que tomó esta decisión tras perder un litigio con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que reclamó la propiedad.

El local ubicado en Moneda número 2, casi esquina con la Plaza de Armas, donde sólo queda como testimonio de su cierre un anuncio para la clientela: “Cerrado por remodelación. Hasta nuevo aviso”, fue en su momento parte del edificio sede de la ahora máxima casa de estudios del país, que dos predios más adelante, en el número 5, mantiene las oficinas del Programa de Estudios Sobre la Ciudad (PUEC).

Como todo sitio milenario, este escenario, que cruzó tres siglos como protagonista de la vida nocturna en la capital y solía, como las cantinas tradicionales, cerrar sus puertas a más tardar a las 11 de la noche, deja en su interior todo un cúmulo de historias y anécdotas.
Desde las que involucran a grandes personajes –se dice que la mayoría de los presidentes de México cruzó alguna vez sus puertas y algunos cantantes como Agustín Lara llegaron hasta su barra–, hasta las de jóvenes estudiantes de artes plásticas, que sin dinero en los bolsillos empeñaban sus obras a cambio de un trago de cerveza.

Licencia número uno

Lo cierto es que de sus paredes colgaba toda una suerte de pinturas, dibujos, caricaturas y fotografías, sin faltar, la copia de la licencia para la venta de bebidas alcohólicas, orgullo de los meseros, que al menor comentario de los curiosos exhibían, e inclusive emprendían toda una “ruta turística” por el lugar para presumir aquel antiguo teléfono, que utilizaban los comensales para justificar en casa su tardanza o el reloj, que con sus manecillas y números al revés, hacía retroceder el tiempo.

Pero el ajetreo que daba vida a la calle de Moneda, a partir de la hora de la comida, con los empleados de gobierno, y más tarde con los bohemios, sólo se conserva en los comercios aledaños, uno de venta de monedas y billetes antiguos y otro de tacos de canasta, fundado en 1935, donde aún no saben, que el local vecino llegó a su fin, según informó don Rubén Aguirre, heredero de la cantina a la muerte de su padre, Jesús Aguirre.

“Hace más de 20 años nos clausuraron dos veces la cantina, posteriormente le donaron a la Universidad el edificio ubicado allá en las calles de Moneda y Seminario y tuvimos un récord de 17 años peleando (…) Sabíamos de antemano que algún día la cantidad El Nivel iba a dejar de existir. ¿Por qué? Porque a la muerte de mi padre (…) se complicaron mucho las cosas, porque todo estaba a su nombre”, relató ayer durante la entrevista radiofónica.

Ahí nombró al primer dueño, don Carmen de Gallegos y Romero, recordó los años de operación y explicó el origen del nombre de la cantina: “Yo sé la versión que se llamó El Nivel porque había existido el primer nivel que colocó Enrico Martínez para medir cómo crecía el agua en los ex lagos de Texcoco, Zumpango, Tacuba y Azcapotzalco, cuando llovía mucho en la ciudad de México”, refirió.

Y también dejó abierta la posibilidad de reubicar El Nivel en otro espacio en la ciudad de México, al conservar aún el permiso de la cantina más antigua de México. “Estamos viendo a ver dónde la podemos trasladar”, apuntó.

¿Se avecina el fin del mundo? ¿Terminaremos todos en los bares de Sanborns? ¿En los Oxos?... No sé, hoy me dan ganas de reflexionar...

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martes

El rapto de la bestia

El sabio Spinoza razonó que no existen el Mal o el Bien en términos absolutos, sólo lo malo y lo bueno según cada cual. ¿Qué es, entonces, lo malo? Aquello que le sienta a uno mal. Las setas venenosas, por ejemplo, no son malas en sí mismas, pero las llamamos así porque pueden causar trastornos y hasta la muerte a quien las come. Para el que no pretende comérselas, son unas setas tan buenas o malas como todas las demás.

Y entonces ¿Por qué son malas las mujeres malas, a las que no hay que confundir con las malas mujeres, las cuales sólo son malas porque no pueden ser otra cosa? Pues son malas porque sientan mal.

¿A quién? Al que las quiere. Para el que no las quiere, las mujeres malas son tan buenas, regulares o indiferentes como cualesquieraotras. Pero ¡Ay de quien las quiere! A ése se le indigestarán y hasta pueden llegar a resultarles fatales. Ellas no tienen la culpa, claro está: son inocentes y letales, como las setas venenosas que se ofrecen en los bosques del Señor. ¡No tocar, no llevárselas a la boca, no besar, no acariciar!

La culpa, si es que donde hay dolor siempre debe haber alguna culpa, será del que las quiso, del enamorado. Y no es que este buen hombre opere entre tinieblas, sin vislumbrar lo que le espera: todo lo contrario. La mujer le sienta mal porque la quiere, pero él, aquí está la gracia, la quiere porque sabe que le sienta mal.

Para no andarnos por las ramas tomemos el ejemplo de King-Kong, el mono que por razones de peso, más dificultades tuvo siempre para subirse a los árboles. El rey de los gorilas no padecía carestía de doncellas: en lugar de tener una novia en cada puerto, él mismo se había convertido en el puerto final de las más exquisitas novias de la tribu que le veneraba. Todas morenas, ay. Como bien observó alguien, en aquella isla no abundaban las rubias... hasta que llegó Far Wray.
Para King-Kong eso resultó suficiente: se le inauguraba un mundo nuevo, el paraíso imposible del deseo de lo insólito que luego siempre se convierte en lo infierno de lo inasequible.

Pero, ¿Por qué una rubia resultó tan infinitamente preferible a las infinitas morenas de la ofrenda anual? King-Kong no era racista. Para él, todas las mujeres pertenecían a la misma raza y esa raza era la raza de lo que le gustaba, precisamente porque no era la suya. Pero como a todo buen salvaje, a Kong la apetecía lo nunca visto o palpado, lo exótico, lo inédito. Si hubiese vivido en Escandinavia, se habría ido detrás de la única negraza que rompiera con la monotonía blonda del paisaje.

¡Pobre Kong, mi semejante, mi hermano!

Creyó que la preciosa novedad era para él y que era para siempre.

Probablemente incluso estaba dispuesto a convertirse en un mono monógamo, no monógamo sucesivo, como había sido hasta entonces, sino monógamo definitivo y monoteísta de una nueva divinidad por la que estaba dispuesto gustosamente a renunciar a la suya.

Las rubias vienen de lejos y las carga el diablo. ¡Con qué dulce torpeza de su enorme índice fálico la fue desnudando en su mano, como quien va pelando una cebolla que pronto te hará llorar! Y ella mientras gritaba, gritaba irresistiblemente la muy mala, para ponerle aún más al punto. En el disparadero.

Tras la dama perdida, perdida desde que la vio porque el que estaba perdido era él, King-Kong viajó drogado y cubierto de cadenas hacia la otra jungla, la de asfalto, donde ya no le correspondía ser el rey. Sólo viajó una vez en su vida, pero hizo el único viaje que cuenta: no el del turista ni el del explorador, sino el que tiene como meta reunirnos con lo que amamos. De ese viaje, no suele volverse, pero eso es lo que menos importa.

Frente a la multitud de mirones que rugía, él también rugió su deseo inmenso y rompió sus cadenas. Hizo descarrilar los trenes de cercanías que transitan de la rutina al hastío, fracturó las ventanas tras las que se esconde lo que más nos tienta, desafió a los aviones asesinos y todo lo hizo con brío y sin queja, como los machos que no pueden ganar. Por fin allá arriba descubrió que ningún rascacielos, por alto que sea, llega hasta el cielo: sólo se sube a ellos para que la caída sea aún más dura, más solitaria.

Entonces la dejó en un lugar seguro y la miró por última vez, como si la viera por primera vez.
Tan rubia, tan chiquitina, tan mala, tan de todos los demás. Fue su único suspiro: ¡Ay de mi Fay! Después, la guerra desigual y la muerte que todo lo iguala. Al final de su ensayo "El mito de Sísifo", Albert Camus asegura que debemos imaginarnos a Sísifo feliz en su condena eterna. También yo imagino feliz a King-Kong mientras caía desde el Empire State, porque esos malvados amores que matan son los únicos que hacen de veras vivir.

-Fernando Savater

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